jueves, 15 de mayo de 2014

Cuando un tren se para

Aquella primera noche, no dormí.
 Y tampoco ocurrió nada. 
Quiero decir, 
mi conciencia me decía una y otra vez
 que aquello era una locura. 
Pero le tenía en frente
 y aquel extraño era, 
extrañamente, familiar.

Fueron largas horas de conversaciones surrealistas,
 de caricias tempranas 
que querían saberlo todo en una noche.
 Así, se juntaron cuatro manos que leían a oscuras
 dos cuerpos con mucha piel por descubrir.
Sabina decía aquello de “nadie se ha muerto por ir sin dormir una vez al currelo”
 y resultó ser cierto. 

La madrugada llegó 
sin que la oscuridad hubiese sido razón suficiente
 para frenar ese río de sensaciones que buscaba mar.
Y así, lejos de dormirme por las esquinas, 
el día siguiente se antojaba expectante, y reflexivo.
No todas las noches dejan los trenes de funcionar, 
ni termina un café en caricias desmedidas, 
ni un susurro en una ilusión.

De lo que vino después, 
hasta hoy, poco recuerdo. 
Supongo que pasaste
 a ser ese compañero inestable 
de caricias los días pares e imprudencias el resto.
Supongo que una noche no lleva a una vida, 
que aquellas caricias se ganaron mi sonrisa 
hasta que dejaron de existir y ésta se fue con ellas.

Supongo que un cuerpo 
desnudo en la oscuridad es invencible,
 pero las ojeras del tedio pudieron con el resto. 

1 comentario:

Sara Deza Gazol dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.